Iba a empezar escribiendo esto diciendo que estos días estoy dándole muchas vueltas al tema de la incomodidad, pero os estaría mintiendo, y no me parece la forma más adecuada de iniciar esta interacción, sobre todo cuando vengo a hablaros de un tema como este.
Para poder hablar de ella, supongo, primero debo, tengo que, me corresponde, es obligatorio, es mi responsabilidad incomodarme y, para eso, debo ser honesta. A todo eso, ¿es la honestidad una de las claves de la incomodidad?
Esta imagen de Cindy Tang representa con bastante acierto lo que ha sido para mí la incomodidad no solo en estos últimos días en que, sí, es cierto, ha estado más presente por motivos que más adelante os explicaré, sino, en general, en mi vida. La falta de cimientos, el color o la falta de él, la ausencia de una puerta, el vacío, el no saber, el no pertenecer, el no encajar, el no deber estar, el sobrar, el ser demasiado para el espacio, el ser demasiado poco para el mundo, una altura que no toca, el no ver, el decir de más, la insuficiencia, el decir estupideces, el pedo jediondo que siempre nombra Aida González Rossi.
La cuestión es sencilla: la incomodidad nos habita a todes y nos modela a todes, y eso es bastante difícil discutirlo, pero la cosa es ¿cuánto forma parte de nuestra vida? ¿Cuánto y cómo la buscamos?
Hace unos días, en el club de lectura de Todo bajo el Sol, de Ana Penyas, hablamos de muchos temas y, de pronto, surgió la idea de la incomodidad en nuestras lecturas. ¿Qué buscamos al leer? ¿Deseamos que se nos incomode? ¿Qué pasa cuando eso nos pasa?
También durante la sesión de cierre del Taller de lectura La brutalidad del lugar que condujo Adri, Prosa Ojerosa, hablamos de los personajes de la novela de Lana Bastašić, Atrapa la llebre (que yo todavía no me he leído), y de cómo resultaban insoportables. ¿Qué nos sucede con ellas? ¿Continuamos o no la lectura?
Aunque está claro que todo esto nos podría llevar a acabar teniendo un debate larguísimo sobre el objetivo del arte (e incluso sobre su definición), quiero centrarme en el deseo de incomodidad (no tengo claro si deseo es la palabra más acertada, pero por ahora me sirve) que parece habitar en algunas personas (entre las que me incluyo) cuando consumimos productos culturales nos alimentamos de cultura.
En ocasiones me planteo que quizá todo esto viene de que me he acostumbrado a convivir con ciertas formas de relacionarme, de interactuar o de ser tratada y tratar (creo que no es necesario decirlo, pero, por si acaso, lo aclaro: sabiendo que soy una persona del norte global y blanca con acceso a determinadas facilidades) y a veces, cuando leo, miro una peli o juego a algo, la verosimilitud de esas historias, pasa, para mí, por la incomodidad.
De hecho, con la lectura de Monje y Robot, de Becky Chambers (obra muy recomendable, por otro lado, si te apetece algo ligero, tranquilo, con una realidad que aporte paz y posibilidad de descanso), sentí que no era capaz de entrar por cómo trataba el conflicto (o cómo sentí yo que lo hacía).
Pero quizá es eso, que, para mí y mis estructuras mentales aprendidas, si no hay incomodidad, no hay posibilidad. Sin incomodidad nada existe.
Y ahí ya entraríamos en un traumadumping que es del todo innecesario.

Pero más allá de eso que para mí quizá nace de simple coherencia (y trauma), me pregunto ¿qué nos aporta la incomodidad de forma general?
Es FUNDAMENTAL la creación de historias más allá de personajes aparentemente perfectos (¿qué es la perfección?) con relaciones y vidas estupendas (¿qué es estupendo?), que nos muestran sus heridas y sus mierdas y sus errores y sus vísceras y sus cagadas y sus basuras y sus incoherencias y sus cuerpos imperfectos y sus granos y sus michelines y sus dolores y sus equivocaciones y sus malas acciones y sus hipocresías y sus y sus y sus y sus y sus.
Ahora mismo ando leyendo Afamada, de Melissa Broder, con traducción de Núria Busquet Molist, gracias a la editorial El·la geminada, que me ha mandado un ejemplar. Y ay, la
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[AVISO DE CONTENIDO EN ESTE LIBRO: TRASTORNO DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA, MOMMY ISSUES]

Esta lectura me está haciendo pasar por puntos de incomodidad que últimamente vuelven mucho a mí, que ya estuvieron con la lectura de Gorda Sinvergüenza, de la ya mencionada Aida González Rossi, o (h)amor 8 gordo, de varias autorías, publicado por Continta me tienes.
Y, la verdad, después de un buen bloqueo lector, es una lectura que me está atrapando, quizá, precisamente, por cómo me hace atravesar ciertas cosas que duelen y remueven y por cómo de honesto resulta seguir el flujo de pensamientos de la personaje principal, Rachel.
Aunque todavía no la he terminado, me está mereciendo los ratos.
Está claro que necesitamos que haya un contexto que nos cuide y que nos proteja de ciertos danhos, que nos podamos trazar líneas rojas que no queramos cruzar y que las respetemos drásticamente, pero creo que también es importante que demos espacio a ciertos niveles de incomodidad en nuestros mundos de cultura (que sí, que el mundo ya es jodidamente incómodo y que no siempre vamos a poder sostener más que la propia rutina y lo que nos rodea) para ver qué nos está haciendo de espejo, qué nos está moviendo y qué es lo que queremos, quizá, cambiar, de nosotres, del mundo, o de lo que sea, o aprender a ver de otra forma en muchos casos, e incluso lograr ser más compasives con nosotres y con les demás.
Y no quiero, para nada, decir que debamos leer, ver, escuchar, jugar… únicamente cosas que nos incomoden. Al contrario, creo que es clave que hagamos lugar a aquello que nos dé calma y paz o un buen encefalograma plano para respirar y que nuestras neuronas no acaben por freírse del todo. Pero sí me parece importante reivindicar la necesidad de la incomodidad como herramienta para el movimiento.
Contadme, si os apetece, cómo os sentís con la incomodidad y qué os parece su presencia en el arte y la cultura. Mandadme un correíto, que siempre me hace ilusión, a alba@larepunantinha.com
🙂